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Número 12 - Diciembre 2017
Clínica de la deslocalización del goce en la adolescencia
Entre lo real de la pubertad y el estrago en la eficacia simbólica

Gerardo Battista

1- Introducción

En la primera parte del artículo haremos una breve introducción sobre la sexualidad infantil y lo que implica la salida de la infancia. Luego abordaré los desarreglos del goce que experimentan los jóvenes en el cuerpo ante la irrupción de lo real de la pubertad. Dicho real provoca una urgencia subjetiva ante la cual el aparato deberá poner en juego los “títulos” obtenidos del nudo Edipo-Castración para arreglárselas con eso. El arreglo infantil, del goce autoerótico, vía las identificaciones y el fantasma será insuficiente para drenar la revuelta pulsional de la pubertad. Por ello, el púber deberá inventar una respuesta acerca de lo inédito de confrontar a un partenaire sexuado. Respuesta sintomática que le valdrá la salida de la adolescencia.
El desarreglo del goce ante el encuentro de lo real en la pubertad lo pondremos en tensión con la deslocalización del goce en el cuerpo que encontramos en algunas presentaciones clínicas de neurosis debido a que se encuentra estragada la eficacia simbólica. Esto último dificulta un arreglo vía el síntoma que permitiría la salida de la adolescencia. Pues creo que hoy la dificultad pasa por ahí y no tanto por lo que implica el paso por la adolescencia. Al respecto, este escrito está atravesado por una hipótesis de trabajo que ha decantado de la puesta en forma de una casuística particular, presentaciones clínicas del lado de Φ0. Sostenido en la tensión clínico - analítico, la presentación y construcción de la lógica de los casos de jóvenes me permitieron formalizar un sintagma para las neurosis extraordinarias, ensayar arreglos posibles ante la deslocalización del goce producto de la no operación del símbolo Φ (1) y precisar que en la clínica actual la experiencia analítica puede oficiar de relevo frente a la falla del operador estructural padre real.  

2- La sexualidad humana

En “Tres ensayos de teoría sexual” Freud (1905) formula su teoría sobre la sexualidad humana, que la sexualidad es desviada por estructura ya que la modalidad de satisfacción pulsional estará determinada por un punto de fijación. Es lo que Freud se referirá como rasgos perversos. Es decir todo ser hablante ante la ausencia de un programa biológico (como en los animales) deberá inventar su relación al sexo, el cual advendrá al lugar de la inadecuación sexual, de la no relación sexual.
La sexualidad humana está concebida en dos tiempos: la sexualidad infantil o pregenital y la pubertad. Freud describe la pubertad como una metamorfosis: como un túnel que se excava por los dos lados, por el lado de lo infantil y por el lado de lo adulto.

2.1- La sexualidad infantil
Lo infantil en Freud refiere a una posición del sujeto con respecto al problema de la diferencia de los sexos y de la satisfacción pulsional.
-Respecto al problema de la diferencia de los sexos:
Las teorías sexuales infantiles son un intento de sentido a la inadecuación sexual que conlleva a la negación de la diferencia sexual y de la función que cumple el órgano sexual reproductor:

  1. La convicción que todos tienen un genital como el masculino.
  2. Embarazo producido por ingesta y parto por el intestino
  3. El malentendido sádico del coito.

¿Por qué es importante este primer momento de la sexualidad?
Freud  ubica a este primer tiempo de la sexualidad como la causación de las neurosis tal como lo conceptualiza en la Conferencia 23 “El camino de la formación de los síntomas”. Freud, en esta conferencia, comienza a desprenderse de lo constitucional para ubicar que la causa de la fijación de la libido es un vivencias infantil contingente o accidental. Siendo la fijación pulsional la predisposición a enfermar.
Sabemos que el fantasma es un entramado de elementos de la teoría sexual infantil que se despliegan en imágenes, en representaciones y que implican algo de la verdad del goce porque se elaboran a partir de las fijaciones de goce pulsional. Por lo tanto, la constitución del fantasma en el tiempo de la infancia le da al niño el argumento para interpretar y localizar el goce.

-Respecto a la satisfacción pulsional, en la segunda tópica freudiana, ubicamos al signo de goce en “El problema económico del masoquismo” (1924) como el masoquismo erógeno primario, aquella enigmática tendencia del yo que busca satisfacción en el dolor en el propio cuerpo. Da una indicación precisa sobre el tema en cuestión: El masoquismo erógeno acompaña a la libido en todas sus fases de desarrollo, y le toma prestados sus cambiantes revestimientos psíquicos. La angustia de ser devorado por el animal totémico (padre) proviene de la organización oral, primitiva; el deseo de ser golpeado por el padre, de la fase sádico anal, que sigue a aquella; la castración, si bien desmentida más tarde, interviene en el contenido de las fantasias masoquistas como sedimento del estadio fálico de organización; y, desde luego, las situaciones de ser poseído sexualmente y de parir, característica de la feminidad, derivan de la organización genital definitiva” (2). Freud determina que, en cada una de las fases mencionadas, se realiza la satisfacción en el padecimiento en el cuerpo propio no solo atribuyendo una significación a un goce opaco al sentido sino, también,  haciendo existir al Otro imaginarizándolo en la figura de un padre perverso. Tanto estas fantasías como, fundamentalmente, el fantasma “Pegan a un niño” que decanta de ellas, son defensas ante el signo de un goce fuera de cuerpo. De las cuales se desprenderá cómo cada quien ha decodificado el enigma del deseo del Otro y su lugar en él. Cómo se inscribe en cada uno ese borde entre el efecto de sentido y el goce, y desde allí cómo constituye su modo de gozar.

Es decir, el arreglo de ese goce vía el fantasma y las identificación por haber atravesado el nudo edipo-castración es lo que le permite al niño responder a lo traumático del deseo del Otro precipitando su salida de la infancia. Será por la puesta a punto de los trayectos pulsionales que el niño se separará de la madre (3).

2.2- La pubertad

La estabilización de la infancia es siempre situable en lo que Freud llamó período de Latencia. En la salida de la infancia las pulsiones se han calmado porque se han regulado vía el fantasma y las identificaciones, punto de capitón que un sujeto encuentra para estabilizar su existencia. Con la entrada en la pubertad llega a su fin el período de latencia y se inicia la segunda oleada de la sexualidad humana; al decir de Freud: “Con el advenimiento de la pubertad se introducen los cambios que llevan la vida sexual infantil a su conformación normal definitiva” (4).

La pubertad es un momento privilegiado en tanto el sujeto intentará diferentes arreglos frente al agujero que la sexualidad cava en lo real. ¿De qué disponen los jóvenes para poder arreglárselas con ese agujero de la no relación sexual? Con lo que cuentan, en el mejor de los casos, es con el fantasma sexual infantil, heredero del Complejo de Edipo, y las identificaciones.

El fantasma sexual infantil y la identificación al falo son las respuestas que el niño encuentra frente a la inquietud que le presenta el deseo del Otro, el DM. El interrogante que caracteriza a la neurosis infantil es: ¿Qué desea mi madre?
En el despertar de la pubertad un nuevo interrogante va a conmover al púber, tanto masculino como femenino, es la pregunta por la sexuación femenina. La pubertad pone en juego el despertar a una forma de goce, el femenino, frente al cual las respuestas infantiles no bastan. Pues no hay significante en el Otro que pueda nombrar ese goce, que excede al goce fálico para ambos sexos. Ante la insuficiencia de los saberes de la infancia, se produce una contusión en las certezas que hasta este momento reglaban la existencia del joven. En suma, si la respuesta a los enigmas del deseo del Otro habían sido anteriormente a la pubertad del orden identificatorio, la circunstancia del púber es distinta. Es de esperar que bajo estas circunstancias se produzcan modificaciones fantasmáticas, aunque en el fondo se conserve su estructura.

Laurent en “El objeto en psicoanálisis con niños” señala, que el uso del fantasma sexual infantil queda en suspenso hasta la pubertad. Si bien la elección de deseo se produce en la infancia, la elección de objeto y el consentimiento respecto a la posición de goce en el fantasma se decide en la pubertad. Esto último es central pues no responsabilizarse por su goce produce impasses.

Por la razón que, la pubertad es un tiempo donde el sujeto se ve interpelado en abandonar el goce autoerótico solitario que se satisface en el propio cuerpo para obtener un goce a través del cuerpo del Otro. Es importante subrayar que no se goza del cuerpo del Otro sino del propio cuerpo.

Ahora bien, ¿cuál es, o qué es este real de la pubertad? Lacan en el “Prefacio a Despertar de la primavera” (1974) lo define como un empuje hormonal en el sentido de la investidura de un nuevo órgano fuera del cuerpo: la libido, pero el empuje hormonal en la medida en que está marcado por el lenguaje, no es entonces el empuje biológico. Es un fenómeno de cuerpo. Es el cuerpo como objeto pulsional, que Lacan formalizó y condensó en lo que llamó el objeto a.

Lacan dice a propósito de los adolescentes que comienzan a pensar en las chicas, que seguramente está todo el empuje hormonal que se quiera pero ellos no pensarían sin el despertar de sus sueños. Despertar (5) del sueño de la latencia por la irrupción de un real que toca el cuerpo. Pero también es la aparición de los signos en el cuerpo de los llamados caracteres sexuales, incluso aquellos que se llaman secundarios, es decir, la modificación de la imagen del cuerpo. Entonces, es en estos dos planos -el del cuerpo como objeto pulsional y el del cuerpo como imagen- que la pubertad viene a trastocar, a conmover al sujeto.

Si el cuerpo es un lugar de signos, también es portador de la imposibilidad que llamamos pulsión de muerte. Podemos desprender de estas precisiones que el cuerpo del púber es signo de la expresión estructural de la independencia del cuerpo, no del lenguaje, sino del sentido. Es así que ubicamos a la pubertad como el encuentro con el agujero de saber en lo real del sexo, por ello es uno de los nombres de la no relación sexual.

Hebe Tizio en “La clínica de la infancia y de la adolescencia” plantea que frente a ese no saber florecen lo que podría llamarse las teorías sexuales de la adolescencia, reedición de las teorías sexuales infantiles, que no son formuladas estrictamente para saber sino para posibilitar un encuentro. Esto permite hacer una diferencia entre la información sobre la sexualidad y la construcción de la propia teoría fantasmática. Para atravesar este tiempo, el joven necesita de esa elucubración, un argumento que le permita fijar un partenaire a partir de lo que son sus condiciones de amor y de goce. La modalidad de lazo al otro como partenaire sexual en un sentido será una invención y en otro una reedición corregida y aumentada de la sexualidad infantil, de allí su importancia.
En este punto, me parece interesante la propuesta de Alexander Stevens, en “Nuevos síntomas en la adolescencia”, quien considera a la adolescencia como siendo la forma sintomática de respuesta del surgimiento de lo real que es la pubertad. Se lo puede considerar al síntoma como una nueva operación que permite anudar lo real del goce del cuerpo con el sentido, es hacer de ese goce que irrumpe un goce más vivible. Para ello, es condición que la eficacia simbólica opere.
Podemos plantear la salida de la adolescencia por la vía de hacer una nueva elección con el significante, pues cualquier función puede convertirse en un intento de inscripción de la no relación sexual. Es decir, artificio significante que propicia la invención de la envoltura formal de un síntoma con el cual pueda tener una satisfacción que le permita localizar el goce y, de esa manera, organizar su realidad y su cuerpo de deseo.

A partir de lo enunciado se plantea entonces la cuestión de una salida posible de la adolescencia para un sujeto vía un síntoma pero también es posible no salir totalmente y entonces la adolescencia se prolonga. Hay que decir también, que hay un exceso no solamente de lo que irrumpe sino muchas veces en la respuesta que va a dar el sujeto. Estas respuestas abrupta se deben a que algunos jóvenes no cuentan con la eficacia simbólica solida para responder a la irrupción del goce de la pubertad. El discurso contemporáneo produce un restablecimiento del circuito entre el plus de gozar y el sujeto, estragando la eficacia simbólica.

3- El estrago de la eficacia simbólica

Hay en nuestro mundo de hoy una dificultad suplementaria para los adolescentes desde que esa función del padre aparece más degradada que antes, que la eficacia simbólica se encuentra estragada. No es tanto que el padre falle más que antes, es que la función paterna en el mundo está tocada. En el final de los años ’60 Jacques Lacan escribió el discurso capitalista, a partir de una modificación del discurso del amo: La promoción de un sujeto sin marcas para quien todo se habría vuelto posible debido a que no habría disyunción entre el sujeto y el objeto plus de goce. Por tal razón, Ernesto Sinatra ubica que la barra ya no cae sobre el sujeto sino sobre los cuerpos de los individuos. Cuerpos barridos en lugar de sujetos barrados producto de la deslocalización del goce.

El adolescente de hoy angustiado, no recurre al Otro sino a su cuerpo. Son cuerpos atravesados por la angustia. Es este afecto lo que está en juego como consecuencia de la irrupción del objeto a. Por tal razón, presentan, muchas veces, fenómenos de cuerpo desarticulados del saber inconsciente como ser cuerpos cortados, anestesiados, así como el consumo, la violencia, la soledad y las llamadas patologías del acto. Este rechazo al Otro del saber se inserta y encuentra una intensificación en el movimiento mas general del declive del NP, declive que afecta a la estructuración del Otro como lugar de la ley y de las identificaciones simbólicas. Esta desuposición de saber en el Otro, se debe a la proliferación de un goce autista que conlleva a una deslocalización del goce y, por consiguiente, una relación laxa o degradada con el inconsciente.

La dificultad de estos casos reside en que cuando no operan las consecuencias de la función paterna -como función de castración- queda por fuera la dimensión del amor. Esto toca el corazón mismo del lazo social.
Esto nos permite pensar la clinica actual sosteniendo una tensión entre lo real de la pubertad y la incidencia de la época signada por la caída del padre que se traduce en un empuje al goce. En la clínica actual nos topamos con presentaciones neuróticas que no han encontrado una solución por la vía del síntoma debido a que la eficacia de la función simbólica se encuentra estragada. Esta segunda parte del artículo intentará cernir intentos de localización del goce que estraga la función simbólica para pensar y formalizar lo que hacemos en la clínica del parlêtre.

4- La clínica actual: Una falla al nivel del padre real

Una clínica diferencial no es simplemente etiquetar los casos, sino que su interés reside en la articulación a una causalidad diferencial que la soporte. La complicación de la cuestión diagnóstica se debe, al menos, a dos razones. Por un lado, ante la caída de padre en lo social y su impacto en la subjetividad, como en la constitución del sujeto, conlleva una proliferación de psicosis ordinarias y neurosis extraordinarias. La división tajante que se sostenía entre neurosis y psicosis, ya no es tal.
Esto se debe a que hay un cambio de época que vira de la prohibición a un empuje al goce. Esta mutación en la satisfacción es provocada por la ciencia que hermanada al capitalismo trastoca el orden simbólico. Esta transformación estraga la eficacia operatoria del símbolo fálico que localiza el goce en el cuerpo. Además, que lo simbólico ya no sea lo que era introduce el nuevo estatuto que tiene en la última enseñanza de Lacan. Hay una relación primaria del cuerpo con el goce de lalengua, anterior a la constitución de lo imaginario y lo simbólico. Es un punto intrincado donde confluyen y se tensionan ambas cuestiones que abren un horizonte para pensar la clínica actual. Por ello, debemos considerar desde dónde y cómo se leen las presentación clínicas cuando no son del lado de un síntoma en las neurosis ni del lado de la invasión de goce en las psicosis. ¿Qué “fenómenos elementales” nos permiten leer que se trata de una neurosis si lo característico de ella era la significación fálica? Como una primera aproximación respecto a estas neurosis, que no han encontrado un arreglo vía el síntoma, J. Lacan en “La tercera” ubica que el síntoma se hace social cuando queda desvinculado de la castración. Por su parte, el goce, como desabonado del discurso, se presta a obturar la hiancia del inconsciente. Es el goce de lo Uno que desde el nuevo paradigma del autismo sostiene al individuo. Las enfermedades del lazo prueban que es determinante la exclusión del sentido por parte del discurso social actual; cuanto más se niega el sentido y el sujeto del síntoma, más proliferan los síntomas que sólo pueden ser entendidos en su sentido social.

La clínica de las neurosis extraordinarias, la deflación del falo y su sintagma, ¿nos precipita ante la clínica del estrago? Esta pregunta deviene de la afirmación de Lacan respecto de que la localización evita que lo imposible de negativizar devenga estragaste y devastador.

Leeré estas presentaciones clínicas, a las que denominé P -Φ0, desde la perspectiva del padre real. Me parece que ante la pregunta respecto a si estas presentaciones nos dejan frente al estrago, creo que podríamos situar más que una clínica del estrago, una clínica de la errancia o rigidez sostenida en la disyunción entre el padre real y la función simbólica. Para desarrollar esta cuestión ubicaré:

4.1- El Más allá del Edipo

El “Más allá del Edipo” que Lacan plantea en El Seminario 17 refiere a un operador estructural llamado Padre real. El padre real es el agente de la castración. La castración es la operación real introducida por la incidencia del significante en el cuerpo, sea el que sea -Lacan aquí reduce al padre a un significante que produce goce. El padre real designa una instancia que como tal sólo es situable lógicamente como escritura, la cual instaura una relación entre lo simbólico y lo real. Si hay un sentido posible lo hallamos en "la copulación del lenguaje (…) con nuestro cuerpo” (6). El inconsciente saber interpretara esta escritura en el cuerpo constituyéndose la cadena significante S1 - S2 que le permitirá al sujeto dejar de ser objeto de goce materno. Propicia el trayecto del objeto a al sujeto. Lo que es lo mismo decir, el padre real es el que incide en el deseo de la madre en tanto mujer. Lo real del padre es un real separador, en tanto el deseo se muestra como condición de desasimiento. De este modo, el goce pasa al inconsciente. A esta altura de su enseñanza, Lacan afirma: “El padre real hace el trabajo de la agencia amo” (7). Acá Lacan se refiere a que el padre real es la operatoria real que hace escupir un significante amo -por fuera del sentido, es arrojado a la ex-sistencia—, el cual hace del goce cuerpo. Una sutil diferenciación: Lacan determina que el operador estructural que es el padre real encarna ese real imposible de negativizar por lo simbólico. Y el S1, el símbolo fálico, que el padre real hace escupir es lo que hace agujero y localiza al goce imposible de negativizar en el cuerpo.

4.2- Disyunción entre el padre real y la función simbólica

El desarreglo del goce, que enmarca esta perspectiva de trabajo, lo ubicaría entre el padre real y el pasaje a la palabra, es decir, el inconsciente. Ubicando que la causa es una falla a nivel del padre real.
De la hipótesis del seminario en el que venimos trabajando me interesa subrayar lo que llamaría la disyunción entre el padre real y la función simbólica, por ello las presentaciones clínicas actuales están referidas a la separación entre el cuerpo y las palabras.
La pregunta que se impone es: qué es lo que anuda el cuerpo a las palabras cuando el símbolo fálico no localiza el goce en el cuerpo? En esta pregunta muestra que se necesita la atribución de un cuerpo para presentar un síntoma. La particularidad de este tipo de presentaciones clínicas es un cuerpo que pende de un hilo de lo simbólico.

5- Arreglos ante Φ0

Algún significante cualquiera podrá advenir al lugar vacante del agente de la castración pero obtendremos como consecuencia el resto del estrago de lo real del padre. Cuando el símbolo fálico, el S1, no adviene al lugar del agente de la castración, allí tenemos la disyunción entre el padre real y la función simbólica. Lo que estoy planteando es que la eficacia simbólica se vuelve problemática sin la intervención de un factor real. En este punto, el lugar degradado del S1 se hace evidente. Si lo paterno tiene alguna eficacia, ella reside en la incidencia de lo real de un deseo y una enunciación. No enunciados rígidos o sutiles (8).

Lo que me interesa poner al trabajo es si estas presentaciones clínicas del lado de Φ0 encuentran un tratamiento al goce vía lo materno. En tales casos, la defensa frente al goce se traduce en fobias, rigidez o errancia como intentos de anudar el cuerpo a las palabras. Respuestas contemporáneas que, muchas de ellas, dificultan el consentimiento a una posición de goce en el inconsciente y de allí la dificultad de salida de la adolescencia. Como ser:

5.1- La carencia paterna es un término que introduce Lacan por única vez en El Seminario 4 respecto a Juanito. Allí plantea una “solución” metafórica vía la fobia -ante la invasión del goce que encontramos en el primer tiempo de su constitución, la histeria de angustia. Una diferencia entre la histeria de angustia y la histeria conversión es que en la fobia el síntoma vehiculiza a la angustia, en la histeria no. Lacan define a la fobia como una plataforma giratoria debido a que es más un momento lógico en la estructuración del sujeto que un tipo clínico. Por tal razón, ubicamos cierta proliferación de ella en la clínica actual pues cuenta con la dificultad para construir su fantasma, de allí el impasses en la constitución subjetiva. Sobre el paciente freudiano Lacan dirá:“Juanito no será sino un caballero, un caballero más o menos cubierto por el régimen de las seguridades sociales, pero un caballero al fin y al cabo – y no tendrá padre -. Y no creo que nada nuevo en la experiencia de la existencia llegue a dárselo jamás” (9). No es en relación al padre que Juanito armar su complejo de Edipo, sino vía lo materno. Juanito consigue realizar una interdicción entre las generaciones: va a inventar que el padre se case con la abuela y él con la madre, inventa una distancia generacional con el padre. Con la fobia logra encontrar una salida al detenimiento en el primer tiempo el Edipo. Pero, de alguna manera, quizás allí radique el secreto de la afirmación de Lacan de que Juanito se queda sin padre. Esto explica muy bien qué pasa con ciertos casos donde no hay forclusión del NP porque no estamos en la psicosis, pero desde la transmisión del nombre del padre no pasa por el padre real (10).

5.2- El “ser nombrado para” puede ser otra respuesta ante la carencia paterna. Si bien Lacan lo propone para las psicosis, también lo plantea como un efecto de época debido a la caída del NP que vaticina en 1938 y subraya en 1974. Miller en “Efecto retorno sobre psicosis ordinaria” destaca que Lacan decía que en nuestros días el Nombre–del–Padre es el hecho de ser nombrado, de ser asignado a una función, de ser nombrado para. El Nombre del Padre hoy es acceder a una posición social que le asigna un rol al sujeto dentro del sistema dándole un lugar. Lacan ubica en El seminario 21 que no hace falta el NP para alguien sea nombrado para algo, para que tenga un proyecto de vida y pueda cumplir un rol social. El autor sostiene que el deseo de la madre basta para eso. “A ese nombre del padre se sustituye una función que no es otra cosa que la de nombrar para. Ser nombrado para algo e aquí lo que despunta en un orden que se ve efectivamente sustituir al nombre del padre. Ser nombrado para  algo se ve preferir lo que tiene que ver con el nombre del padre, se restituye un orden que es de hierro” (11). El Otro materno puede poner orden al goce incluso de un modo más fuerte, de hierro. Es una nominación que es un imperativo que coagula al sujeto en lo que el Otro le demanda que sea, obturando el intervalo que lo separa de esa identificación. Nieves Soria en “Las nuevas nominaciones y sus efectos en los cuerpos” refiere que su correlato clínico son cuerpos rigidizados en una nominación que localiza el goce sin flexibilidad, y que da lugar a nominaciones anónimas que tienen un efecto de ser, de anudamiento: anorexias, bulimias, obesidades, adicciones, TOC, ataques de pánico, fobia social, etc.

5.3- Otro tipo de respuesta podría ser los desarraigados, condenados al goce metonímico de la errancia. Aquellos que encarnan el empuje del discurso capitalista, son sujetos sin reparos, sin señales o marcas del S1 para identificarse y orientarse. Jóvenes errantes que no saben bien qué hacer de sus vidas.

5.4- La inhibición como respuesta contemporánea tajante y radical ante una angustia que no lleva a la metáfora. No es la angustia como señal ligada a la castración, es decir, a la falta propia de lo simbólico, la cual es un operador que regula el exceso de goce y es el referente del síntoma  -tal como Freud lo enseñó en “Inhibición, síntoma y angustia”. Ello se debe a que la angustia en juego remite a un goce desbocado -podemos decir que las neurosis actuales freudianas son más actuales que nunca. La inhibición tiende a detener el movimiento vital de lo simbólico, el despliegue mismo de la estructura se detiene con la inhibición y se logra expulsar la posibilidad de angustia (12). Cuando esta función de la inhibición se extrema se transforma en depresión.

La pregunta que se impone es: ¿Cómo introducir una orientación que le permita un arreglo al sujeto más conveniente?

6- El análisis como relevo del padre real

Estas presentaciones actuales se caracterizan por el desfallecimiento del Otro, la degradación del deseo, el imperio de la demanda, la urgencia de satisfacción, el consumo atiborrado de gadgets, ambiguedades en la sexuación, la proliferación de un goce autista que conlleva a una autoerótica del saber que trae serias dificultades para que precipite la transferencia. E. Laurent plantea que “Existe hoy un cierto debilitamiento, una cierta desconfianza, digamos una cierta transferencia negativa con relación a todos los significantes amo” (13), planteando una dificultad para la intervención analítica.

Esta disyunción entre padre real y función simbólica conlleva a que hoy el ser hablante angustiado no recurra al Otro sino a su cuerpo. El descrédito de la palabra empuja a gozar lo más cerca del cuerpo, por articularse más con la satisfacción pulsional de que con el significante del saber del Otro.  Hoy los jóvenes están cada cada vez mas desconectados del inconsciente, de su historia particular. Ya que las respuestas ante la angustia donde las palabras y los cuerpos se separan en la disposición actual del Otro de la civilización empujan a que los jóvenes propicien respuestas que son más refractarias a la división subjetiva. Esto me parece central, pues esta operación es necesaria en un análisis para que un analizante cuestione su relación con los significantes amos de su goce.
Por esto, al abordar y bordear la clínica actual, la cuestión del falo nos pone de lleno en la encrucijada de nuestro malestar cultural. No hay discurso analítico si no se hace existir al inconsciente, si no se pone en forma, en principio, el discurso del amo. ¿Cómo forzar en estas presentaciones clínicas una nueva relación al inconsciente, que sustituya el lazo patológico entre el sujeto y el objeto y que anude entre el cuerpo y las palabras?  Al respecto, Lacan en “La equivocación del sujeto supuesto saber” ubica que un analista “es en la practica donde debe igualarse a la estructura que lo determina  (…) su posición de sujeto en tanto inscripta en lo real: una tal inscripción es lo que define propiamente el acto (analítico) (14). Esta indicación es fundamental para ubicar una operación posible del analista, la posición conveniente en estos casos no sería perturbar la defensa sino forzar la apuesta a un S1 que le permita a un sujeto armarse una defensa menos mortífera. 

La apuesta por el discurso del inconsciente permite un lazo nuevo entre goce y significante, más allá del quedar engullido por la falla del padre real. Por ello buscamos verificar en cada presentación clinica -que hemos hecho en el seminario- aquello que Lacan se preguntaba y que hoy nos orienta: “¿Por qué, en un psicoanálisis, no sería -de vez en cuando se tiene esa sospecha- el psicoanalista el padre real?” (15). Al respecto, Eric Laurent en “El reverso del síntoma histérico” da una indicación clínica precisa sobre la efectividad de nuestra praxis: debemos concebir el síntoma no a partir de la creencia en el NP, sino a partir de la efectividad de la práctica psicoanalítica. Esa práctica obtiene, mediante su manejo de la verdad, algo que roza lo real. Algo resuena en el cuerpo, a partir de lo simbólico, y hace que el síntoma responda. Es por ello que un psicoanálisis hoy puede operar para que en aquellos casos donde existen fenómenos que se producen a causa de Φ0 un joven encuentre un significante propio que lo oriente a hacer vivible su goce singular y ordene su existencia en una época marcada por la inconsistencia del Otro.

Notas

(1) Es de importancia destacar, que la bedeutung del falo tiene, por consiguiente, un poder de localización y limitación del goce: éste se concentra en el símbolo del falo y en el órgano; está casi perdido para el resto del cuerpo. Inscribirse en la función fálica implica un anudamiento entre goce y castración, descifrable en el síntoma del sujeto. El sujeto debe interpretar su goce sexual. Lo que es lo mismo decir, subordina el goce a un significante impar: el falo. Por tal razón, asociamos al falo, a la vez, a una función negativa de ley e interdicción, la que tenía el complejo de  castración freudiano ligado al padre; y a una función positiva de goce: el neurótico goza a partir de, con y su castración.

(2) Freud, S., (1924) “El problema económico del masoquismo”. En Obras Completas, tomo XIX. Buenos Aires: Amorrortu, p. 171.

(3) Laurent, E., Los objetos de la pasión, Tres Haches, Bs. As., p. 156.

(4) Freud, S., “Tres ensayos de teoría sexual”, Obras Completas, T. VII, Amorrortu, Bs. As., 1990, p. 189.

(5) Hay un despertar también en la infancia con la irrupción del goce fálico que Lacan destaca en el caso Juanito. Un goce propiamente sexual irrumpe sorprendiéndolo con cosquilleos y erecciones. El encuentro de Juanito con su propia erección no es autoerótico en lo mas mínimo. Es lo mas hétero que hay dice Lacan. Es algo que viene al propio cuerpo como Otro. La diferencia con el despertar puberal es que el despertar infantil no convoca al Otro sexo. En la pubertad, sí.

(6) Lacan, J., El Seminario, Libro 23, El sinthome, Paidós, Bs. As., 2006, p. 120.

(7) Lacan, J., El Seminario, Libro 17, El reverso del psicoanálisis, Paidós, Bs. As., 2006, p. 133.

(8) Barros, M., Intervención sobre el nombre del padre, Grama, Bs. As., 2014, p. 36.

(9) Lacan, J., El Seminario, Libro 4, La relación de objeto, Paidós, Bs. As., 2008, p. 420.

(10) Torres, M., Clínica de las neurosis, Grama, Bs. As., 2005, pp. 165-187.

(11) Lacan, J., Seminario 21, Clase del 19 de marzo de 1974, inédito.

(12) Soria, N., Inhibición, síntoma, angustia, Del Bucle, Bs. As., 2010, p. 14.

(13) Laurent, E., El objeto de la pasión, Tres Haches, Bs. As., p. 24.

(14) Lacan, J., “La equivocación del sujeto supuesto saber”, Otros escritos, Paidós, Bs., As., 2012, p. 358.

(15) Lacan, J., El Seminario, Libro 17, op. cit., p. 135.

 

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