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Número 12 - Diciembre 2017
¿Qué límites para los niños?
Pulsión y acto

Santiago Ragonesi

Los síntomas y las exteriorizaciones patológicas del paciente en su fundamento último, los elementos de esa composición están constituidos por motivos, mociones pulsionales. Ahora bien, sobre estos motivos elementales el enfermo no sabe nada o su saber es muy insuficiente. Freud (1918)

Verba, non res

 

Un conocido dicho en latín suele quedar estampada en los tatuajes: “Res, non verba”, que podría traducirse como “Hechos, no palabras”, frase que proviene de la Antigua Roma y que señala que frente a la evidencia “a las palabras se las lleva el viento”. El psicoanálisis es una práctica que se sostiene en lo contrario: no hay hechos por fuera de las palabras.

Una persona podría relatar aquello que hizo el fin de semana con una secuencia cronológica respetable, pero no podría narrar de la misma forma su infancia, puesto que a ésta se la recuerda de manera fragmentaria, cuestión que no sólo pone en juego el paso del tiempo, sino también en el efecto de la represión tal como Freud la descubrió. Dicho de otro modo, la represión pone fin a la infancia como experiencia del niño, y por más que éste siga siendo un niño cambiará su posición subjetiva. Es por eso que para Freud el crecimiento de una persona o su madurez, lo acerca más a la neurosis -y a la estupidez-.

Un niño seguirá siendo niño, pero luego de los efectos de la represión la experiencia de la infancia se constituye como perdida. No es lo mismo hablar con un niño de 4 o 5 años que con un niño de 7 u 8 años, su forma de hablar varía. Mientras que un niño pequeño puede sostener un diálogo sin miramientos por la realidad, el latente difícilmente lo sostenga -o lo sostendrá a condición de querer hacernos saber que se trata de un engaño-. Esta diferencia se basa en el hecho de que para un niño -que se encuentra en jardín por ejemplo-, la palabra tiene el valor de acto.

Esta dimensión que en los primeros seminarios tanto le importó rescatar a Lacan para la puesta en forma del dispositivo analítico, la encontramos desde el inicio en los pequeños seres hablantes. Tal vez éste sea uno de los motivos por los que no todos los psicoanalistas atienden niños, justamente porque un psicoanalista con un niño no se puede hacer el psicoanalista, como sí puede hacer uso de esto con un adulto. Sería ridículo sostener un silencio en una sesión o devolverle a un jovencito sus mismas palabras, de igual modo cabría señalar en este punto si habría interpretación en un sentido estricto en el tratamiento con niños, al menos tal como intenta formularla Lacan en el escrito La dirección de la cura, puesto que para que la operación analítica tenga su lugar, se requiere del efecto de retracción de la cadena significante.

Es por eso que un niño de 4 años no reflexiona, no porque no piense, sino porque la reflexión es una consecuencia del efecto de la instalación de la represión. Aquella posición espontánea desaparece con la entrada en la latencia, y se modifica también en la pubertad. Esta diferencia resulta importante de poder tenerla en cuenta al hablar de los límites. Al respecto, podría resultar orientador ubicar el momento en que se encuentra el niño, la temprana infancia, la latencia o la pubertad, como momentos diferentes frente a la relación al ordenamiento del orden simbólico, es decir que los límites dependen de la estructuración en su relación al lenguaje. Una vez más entonces, la infancia, la latencia y la pubertad son modos distintos de hablar y de relación a la satisfacción pulsional. Por lo tanto no se puede pretender que haya un efecto de reflexión en quien todavía no cuenta con dicha estructuración psíquica, puesto que pedirle al otro aquello que no puede dar, da cuenta de la exigencia que la neurosis impone.

La toma de conciencia o reflexión es un proceso que lleva cierto tiempo, y que con el correr de los años termina operando de manera defensiva en el adulto, Freud descubre tempranamente que la toma de conciencia no resuelve un conflicto psíquico. Por ejemplo en la obsesión, donde el pensamiento mismo es la posición donde las ideas se sintomatizan.

 

 El analista  educador

El debate sobre la puesta de límites en la educación de los niños suele estar presente de diversas maneras en la actualidad, y la consulta con un analista no escapa a dicha tendencia. El rol que antes asumía el pediatra como consejero de los padres ha sido asumido por los trabajadores de la salud mental que se encuentran instalados en el mercado, de esta manera se produce un desplazamiento en la cesión de saber sobre la crianza de los hijos a los terapeutas.

Este movimiento convive en un florido contexto social donde se plantea, por ejemplo, la reforma educativa en las cuadrículas de los secundarios actualmente. No deja de resultar curioso la negativa a tener en cuenta la opinión de los alumnos que intentan participar de ella, puesto que un punto delgado une ambos extremos: ¿por qué escuchar a un joven (o a un niño) produce la amenaza de la destitución de autoridad en padres y docentes? Despolitizar al ser hablante implica negarle su posición ética y desconocer que los discursos proponen un modo de relación, aunque no resulte éste simétrico: el amo con el esclavo, el analista y el analizante… El alumno con el maestro.

Pulsión           
 
Un primer acceso para pensar esta falta de paridad en el lazo con el otro y que podría dar cuenta de aquello que retorna como amenaza en relación a la autoridad (de regreso a la pregunta planteada), lo encontramos tempranamente en Tres ensayos de teoría sexual (1905). Para Freud hay una imposiblidad intríseca del ser humano frente a la educación puesto que la sexualidad está regida por la satisfacción pulsional, y si bien el esclarecimiento sobre lo infantil que en su momento el creador del psicoanálisis delimitó no podría objetarse, aún hoy encuentra sus obstáculos a la hora de su comprensión, porque al ser caracterizada como perverso polimorfa, no se trata en absoluto de que la sexualidad del niño se asemeje a una pseudo genitalidad como la del adulto.

Al invertir los términos -porque la sexualidad del adulto contiene fijaciones infantiles-,  Freud rompe definitivamente con cualquier idea evolutiva de síntesis que el yo como instancia psíquica podría llegar a conservar. En otras palabras, no se trata del descubrimiento de la sexualidad infantil en sí, sino de que ésta se rige bajo la noción de pulsión parcial.

Desde esta perspectiva la educación fracasa de manera estructural. Si la salida del complejo de Edipo supone la resignación de las investiduras de objeto parental, con la entrada al período de latencia advienen los diques psíquicos –el asco, la vergüenza y la moral-. Esto permitirá por un lado que un niño se pueda quedar sentado en un aula durante una hora por ejemplo, pero por otro será a través de estos diques que la pulsión encontrará su nuevo modo de expresión: el niño se vuelve hipermoralista, con vergüenza para actuar en los actos escolares, así como el asco de repente reduce el abanico sobre el gusto alimenticio, etc. En última instancia, la latencia no escapa como período del desarrollo del niño al fracaso de la represión, y la satisfacción pulsional tendrá su cause respecto de estos diques psíquicos.
   

 Razón de un fracaso

Sin embargo, con la práctica del psicoanálisis no sucede algo distinto. En consonancia con lo planteado a nivel del a educación, en  Análisis terminable e interminable (1937) Freud sostendrá: que educar, gobernar y psicoanalizar son quehaceres que comportan ciertos puntos de imposibilidad. Si los llamados historiales freudianos demuestran los obstáculos de su práctica no sólo es por la sinceridad que tanto se le atribuye, sino porque resultan ser el fracaso intrínseco en el que la práctica analítica se sostiene, puesto que hay también un fracaso estructural del psicoanálisis.

Por su caracterización terapéutica en la circulación social no son pocas las veces en que podría atribuírsele cierta fama de ser una práctica que tiende a indagar el pasado o la infancia de los pacientes, reclamándosele por momentos cierta falta de actualidad por un lado y por otro, el largo tiempo que la cura analítica requiere. Respecto del último factor -el tiempo que demanda-, pareciera sostenerse más en la falta de coordenadas claras que los practicantes del psicoanálisis no podemos encontrar frente a la consulta (nuestros extravíos). Pero respecto del primer punto -indagar la infancia del paciente-, si bien podría encontrarse este sesgo en los casos de Freud, su razón obedece a otras circunstancias.           

Desde los primeros trabajos sobre la práctica analítica, la aparición de vivencias tempranas de carácter traumático tendrá el valor de poder proporcionar un momento diferido del desencadenamiento de un síntoma y permitir el advenimiento del sentido de éste. Aquello que permanecía opaco para el paciente, en el discurrir de la cura analítica permite su esclarecimiento, es decir que el desciframiento del síntoma necesitará de al menos dos escenas: la actual a partir de la pubertad y la que se recuerda de manera fragmentaria en la temprana infancia producto del efecto de la represión. Ahora bien, todo síntoma muestra el fracaso de la represión, efecto que no se verifica sólo en la amnesia infantil o en la opacidad de las escenas tempranas, sino también en el hecho de que para Freud no hay representación de la pulsión: no hay una traducción precisa de su fuerza constante. Esta misma lógica la encontramos en Lacan, dado que ubicará esta misma orientación respecto de la retracción de la cadena significante para que el sentido advenga: se necesitarán de dos significantes (o dos escenas se podría decir) para que un (nuevo) significado advenga.

La práctica analítica puede brindar testimonio de que el tiempo cronológico se encuentra alterado por la relación al lenguaje, un desfasaje entre la palabra y la cosa. El analista verifica dicho desencuentro, y si bien puede estar advertido, al formar parte de la experiencia y no ser un observador externo, quedará incluido en esta misma lógica por tratarse de una práctica y no de una reflexión. Así también puede pensarse en un fracaso estructural de la práctica del psicoanálisis, no hay educación posible de la satisfacción pulsional, puesto que el lenguaje a diferencia del instinto presenta una imposibilidad de localizar un objeto específico para la satisfacción.      

El límite de la autoridad

Si la educación, al igual que el psicoanálisis supone un fracaso estructural, esto no implica que no se puedan ejercer. Volviendo a la pregunta planteada, si a un adulto en ocasiones le resulta difícil escuchar lo que un niño (o un joven) dice, es porque implica cierta destitución del lugar de autoridad, y en este punto el dispositivo analítico puede dar cuenta de dicho problema y aportar su esclarecimiento.
 La estructura de la frase “te lo digo porque soy tu padre” en la que a menudo termina denotándose la impotencia en la que culminan ciertos diálogos con los hijos, permite pensar de que manera el lugar de la autoridad termina siendo un refugio defensivo que no se sostiene de manera natural, de igual modo que el lugar del psicoanalista no se sostiene en la clínica con niños a través del semblante tal como se mencionó. A menudo también en las supervisiones, muchos casos de tratamientos con pacientes adultos se obstaculizan en aquel punto, cuando el lugar del analista debería estar garantizado para respetar el encuadre, y que por lo general se manifiesta en casos en que los pacientes terminan incomodándonos.

Por más que lo ignoremos practicamos el psicoanálisis por el deseo de Freud. Ahora bien, ¿qué otra forma de autoridad es el deseo del analista sino aquella posición que no se sostiene más que en su ejercicio y con sus obstáculos? Así como toda demanda supone un valor de verdad a condición de que su objeto no sea específico, de igual modo cabría pensarse si en ocasiones la falta de límites no adviene cuando el lugar de la autoridad resulta una impostura, de allí que el conflicto psíquico no se resuelve tomando medidas, porque su motor es pulsional.

Pensar los límites implica que el lugar de la autoridad no se confunde ni con la potencia ni con la impotencia –que podrían ser dos caras de la misma moneda según el momento-. Si el niño podrá ser un sustituto fálico para Freud, Lacan aportará que también podrá encarnar al objeto a, y por lo mismo, la autoridad y los límites no deben pensarse por fuera de dicho resto libidinal, y como tal, dentro de la misma experiencia de la palabra.  

Lo que el psicoanálisis enseña

El dispositivo analítico enseña que el único compromiso necesario del analizante es con la regla fundamental. En este punto no se trata de contar grandes hazañas por su contenido, como resulta a menudo en la obsesión donde se presentifica ese extrañamiento que se produce cuando aquel tema que tanta magnitud tenía, de repente la pierde; o así también en la histeria, donde no son pocas las veces que el analista debe enfatizar aquello que se relata con cierta nimiedad.
Desde esta perspectiva los límites no deben ser concebidos en función de medidas o castigos -que tal vez en ocasiones sean necesarios-, sino más bien (y aunque resulte paradójico) al modo en que podría pensarse un capricho infantil, por ejemplo, cuando un niño pide ir al kiosco por una golosina y al llegar y preguntársele cuál desea, sólo diga “quiero algo…”. Si la clínica con niños testimonia del compromiso de la relación a la palabra en su valor de acto, su reverso para el lugar de la autoridad resulta de igual modo, es decir de qué manera el adulto se compromete con su enunciación, y que si bien nadie es dueño de ella, eso no impide su ejercicio.  

Santiago Ragonesi    

 

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