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Número 12 - Diciembre 2017
Sobre la ambivalencia obsesiva:
de lo anal al ideal

Jonathan Rotstein

* A la luz de los comentarios que Lacan despliega en el seminario 10 respecto de la dialéctica del niño con la primera demanda del Otro, así como del obsesivo en sus relaciones con la afánisis, traigo a colación la siguiente viñeta clínica:

* Recibo en consulta a un hombre de avanzada edad, jubilado, que consulta por lo que considera son graves sentimientos de culpa debido a una total incompatibilidad entre lo que le gustaría que fuesen las cosas y lo que, sin embargo, él experimenta en su vida cotidiana.
La vida de este señor transcurría habitualmente entre bailes de salón dos noches en semana y unas tertulias que de vez en cuando organizaba en donde se dedicaba a conquistar a cuanta dama se le ponía por delante. De hecho, tenía varias amigas con las que salía a cenar para después, si había suerte, acompañarlas en coche hasta sus casas.
Resulta que, de entre todas sus amigas, había una que era su 'favorita', una mujer llamada Flora con la que no sólo podía sentirse joven nuevamente sino que, además, con ella se permitía experimentar cierto disfrute.
La cuestión, bastante triste para él, es que un día tuvieron un gran desencuentro por el que ella ya no quiso bailar más junto a él. Y no sólo eso sino que, desde entonces, ella se dedicó a pasearse del brazo de otros hombres frente a su colérica y angustiada mirada.
Así las cosas, un día trajo a sesión la aparición de un curioso síntoma:
Desde hacía algún tiempo tenía problemas para ir al baño.
De hecho, llevaba al menos una semana sin poder. Cuenta que los laxantes no le hacían efecto. Tampoco los supositorios y que, incluso, tuvo que ir al centro de salud de su localidad para solicitar que una enfermera le pusiera un enema. Pero no había manera. Nada hacía efecto y el tipo se iba hinchando cada vez más.
Yo, que por aquél entonces apenas llevaba un año pasando consulta, lo escuchaba como podía: sus relatos obsesivos interminables llenos de detalles se me hacían agotadores.
Además, la inflexibilidad del SuperYo que lo asolaba era constante, emergiendo por momentos una agresividad transferencial difícil de calmar… Y así todo el tiempo.
De repente en una sesión, mientras hablaba sobre la posibilidad de cambiar de dieta con la esperanza de que ello aliviase el síntoma, escuché algo, algo que decidí guardar para el final.
El tipo, como era habitual, no se hacía cargo de prácticamente nada de lo que le pasaba y mientras tanto se dedicaba a culpar a los demás de todos sus padecimientos.
De ese modo, tras concluir la sesión nos dirigimos a la salida: Abro la puerta, el tipo pasa al otro lado y, mientras lo miro a los ojos, le digo unas breves palabras:
"Parece que tienes problemas de flora intestinal".
El hombre me mira con una mezcla de odio y asombro ante lo cual no digo más y cierro la puerta.
Me dirijo al interior de la consulta y empiezo a dudar si habrá sido, o no, una intervención correcta hasta que unos 20 segundos más tarde suena, con atronadora insistencia, el telefonillo:
Era el paciente pidiendo ir al baño.
Sube, descarga y se marcha tranquilo.
Durante un tiempo sólo logró ir al baño cada vez que venía a consulta.
En este sentido, conviene recordar especialmente el capítulo del seminario 10 titulado “de lo anal al ideal” donde Lacan teje las relaciones que se producen en el niño en su encuentro con la primera demanda del Otro, aquella que lo insta a retener, y cómo, pese a la introducción futura para ese niño que advendrá adulto, el deseo sexual no puede eliminar dicha estructura donde el vínculo con el deseo es dejado de lado.

* Así, en esta viñeta podemos ver cómo:
- Este hombre, que no terminaba de responsabilizarse de sus síntomas, vivía instalado en eso que Lacan formula como siendo la ambivalencia obsesiva:
¿Ese montoncito de mierda que está ahí soy yo, o no? , ¿Este síntoma es, o no, mío?
Ambivalencia obsesiva, (a ◊ $), donde se indica el objeto a como el lugar al que todo niño adviene identificado en su relación inicial para el Otro.
- Al solicitar que una enfermera le tratase mediante un enema, en verdad, lo que este hombre hacía era buscar que el Otro le demandase algo: concretamente el segundo tiempo de la demanda del Otro en lo que hace al escíbalo, esto es, su expulsión.
- El síntoma, en su equivalencia al falo, tal y como Lacan comenta, nos hace preguntarnos si, después de todo, no se trataba de una estrategia destinada a preservarlo, en un intento inconsciente por evitar quedarse en falta.
A decir verdad, y a raíz del carácter anal de este hombre (para quien pagar sus sesiones era algo que rozaba la angustia), pocas dudas habría al respecto, sobre todo cuando:
- El síntoma aparece justo cuando la relación que venía manteniendo con su amiga Flora desaparece. Luego, ésta se metaforiza en aquél tal y como la intervención demuestra.
De este modo cabría preguntarse si el efecto en la intervención resultó del levantamiento inhibitorio del deseo (en este sentido seguimos los comentarios que Lacan hace en el seminario 10 al señalar cómo el deseo en el niño, en su primera forma, queda emparentado con la inhibición) de manera que:
El efecto producido por la intervención, a través del simple juego significante, permitió a este obsesivo reconocer el deseo, su deseo, hasta entonces ejercido en la inhibición.
Así, ahora, frente a la evidencia producida, este hombre pudo empezar a cuestionar la posición ambivalente que, frente a la pérdida sufrida, venía manteniendo.

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