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Número 15 - Noviembre 2022
Lectura del poema ontológico de Parménides
y la escucha en Lacan

Tonatiuh Barajas

La propuesta de una lectura dialéctica entre el pensamiento del filósofo presocrático Parménides de Elea y el psicoanalista Jacques Lacan, resulta interesante, ya que, si bien fueron lejanos por más de veinte siglos en el tiempo, las afinidades en sus discursos los vuelve cercanos para reflexionar el trabajo de la escucha clínica en una época de globalización, smartphones, redes sociales, moda e hiperinformación, y también, plantear la constante idea de repensar el aspecto teórico del dispositivo psicoanalítico echando mano de campos colindantes.

El encuentro de la lectura psicoanalítica con otras perspectivas seguirá permitiendo a lo largo del tiempo una interpretación critica de la práctica, que, sin duda, mantendrá su continuidad ante los cambios que el mundo presenta, pero también abrirán la posibilidad de no olvidar su quehacer y vocación, en este caso no olvidar el trabajo de acompañar el advenimiento de la palabra del analizante en contraposición a la subjetivación yoica.
La sociedad capitalista y neoliberal actual ha impuesto un ritmo de vida cuyas características principales son el exceso y el desgaste; sostenidas por un consumismo voraz, placeres efímeros, el engullimiento de información en la red día a día, escándalos políticos e iconos populares del entretenimiento, la esclavización a través de la producción desmedida en aras de una supuesta libertad, entre otras cosas han propiciado el desconocimiento y la pérdida del lugar en el mundo como sujeto.
“La libertad que defienden se asocia a un objeto deseable útil a la sociedad: libertad de consumir, de poseer, de disponer de bienes materiales e inmuebles; libertad de conformarse al modelo consumidor ensalzado por los sistemas publicitarios y promocionales; libertad de comprar una conducta, valores o un modo de presentarse al otro, todo lo cual es propuesto, ya listo para usar”. (Onfray, 2020, p.199).
Características que han servido para amasar una materia prima, la cual ha sido capitalizada por ídolos y gurús de las redes sociales, algunos con formación profesional como la psicología, destacando también la epidemia de aquellos que practican el coaching u otros que se dedican a la orientación a través de la retórica, cuya función en el sistema es vender una imagen que promete la autorrealización a través de la meritocracia y el esfuerzo bestial, un culto desmedido al yo y el deseo imposible del goce con el Otro.
“El individuo y su cada vez más proclamado derecho a realizarse, de ser libre en la medida en que las técnicas de control social despliegan dispositivos cada vez más sofisticados y humanos”. (Lipovetsky, 2020, p.11).
Todo esto ha generado un impacto en los sujetos, quienes, sujetados por un discurso de ilusión a través de una esperanzadora realización que conlleva a la degradación física y mental, además del rompimiento e imposibilidad de generar un lazo afectivo con el otro que no esté supeditado en esta dinámica de mercado.

Destacando la plasticidad y el narcisismo imaginario que han imposibilitado la coexistencia afectiva con otro ser humano, en cuyas relaciones influyen a veces las famosas frases o decálogos de microondas, sobre el cómo ser acreedores de una relación amistosa o amorosa, que esté a la medida de lo que se vale.

“El narcisismo, nueva tecnología de control flexible y autogestionado, socializa desocializando, pone a los individuos con un sistema social pulverizado, mientras glorifica el reino de la expansión del Ego puro”. (Lipovetsky, 2020, p.55).
Y entonces, ¿por qué Parménides y Lacan? ¿Qué relación hay entre el discurso del eleático griego y el francés? ¿Cómo hacer uso de sus enseñanzas en esta época y llevarlas a la praxis de la clínica más allá de la especulación y simples anacronismos?
Es aquí donde las colindancias del saber presocrático y el discurso psicoanalítico desde la lectura de Lacan pueden ayudar a orientarnos en este mar convulsionado por una deificación del yo a lo que también se une el impacto de la era digital, donde millones de voces están circulando a cada momento por el mundo, imposibilitando la práctica de la paciencia y el saber escuchar, inclusive en los aspectos más básicos de las relaciones humanas.
Desde los orígenes de la filosofía griega, la diferencia entre la doxa y la búsqueda de un saber por parte del filósofo ha quedado delimitada, no obstante, es una dialéctica necesaria, pues sin ese contexto preconcebido o ese mundo de las “habladurías” en la terminología heideggeriana, es imposible que se indague sobre la realidad y los fenómenos que la constituyen, preguntarse también, por aquello que va más allá de nuestros actos, lo extraño que acontece y que sumerge, en ocasiones, al sujeto, en un estado de angustia.

Si bien es cierto que la tradición filosófica se ha concentrado, en su mayor parte, en el aspecto consciente del ser humano, esto no imposibilita un encuentro con la concepción psicoanalítica cuya principal tesis radica en la concepción de un aspecto inconsciente que opera bajo su propia lógica y hace hablar al sujeto, por lo que la consciencia solamente es un efecto del primero, o, cuya estructura se asemeja a la de un lenguaje de acuerdo a Lacan, con las manifestaciones del significante.
No obstante, si hay algo que une a la búsqueda filosófica y al psicoanálisis es la indagación, la sospecha de lo que se presenta simplemente para estupefacción de nuestros ojos, hacer brotar lo que está en potencia, ir al encuentro de la alétheia.
Similar a ese momento de asombro en el que el sujeto en su proceso de escucha analítica se concibe como efecto de una repetición de significantes que han determinado cada una de sus acciones, propiciar que escuche su verdad, pues, es esta la única que le puede hablar.

“En suma, no hacemos otra cosa que enseñar al sujeto a hablar… a reconocerse como sujeto”. (Lacan, 2015, p.137).

El presocrático no dialoga consigo mismo en una especie de monologo alienante, escucha hablar a lo que está alrededor de él, emerge de la cotidianidad que lo preconcibe y es ahí, cuando guarda silencio, siendo paciente, que el ser se le revela. El mundo habla y se deja escuchar sin ser forzado a ello por una técnica demoledora que lo violente y extraiga de él su mensaje.

Lacan puntualizará en el seminario de la carta robada que “el lenguaje entrega su sentencia a quien sabe escucharlo”. (Lacan, 2021, p.35).

Parménides, es un ejemplo claro de esto, pues en su poema ontológico narra como una diosa innombrada a través de su palabra le revela la vía del ser a un iniciado, del ser que es y no puede no ser y la imposibilidad del no ser que no es y no puede ser, cuya mención constituye la primera parte del poema, por otro lado, el sendero de la doxa o las opiniones mortales que corresponden a la segunda parte.
En el fragmento número 1 del proemio se narra esta experiencia con la alétheia que le “habla” a aquel que la escucha.

“Las yeguas que me llevan -y tan lejos como alcance mi ánimo- me escoltaban, una vez que en su tiro me abocaron al camino muy nombrado de la deidad, el que por todas las ciudades lleva al hombre que sabe”. (Parménides, 2019, p.185).

Es la deidad quien dirige el discurso, mientras que quien recorre los caminos mostrados por ella, simplemente práctica la paciencia y la escucha en una posición que des-oculta la naturaleza.

“Y la diosa me acogió benévola; tomó en su mano mi mano diestra y así me dirigió la palabra y me decía: Joven acompañante de aurigas inmortales, llegado con las yeguas que te traen a nuestra casa, salud; que no fue un hado malo quien te impulsó a tomar este camino (pues lo cierto que está fuera de lo hollado por hombres) sino ley y justicia. Preciso es que te enteres de todo: tanto del corazón imperturbable de la verdad bien redonda como de las opiniones mortales en que no cabe creencia verdadera”. (Parménides, 2019, p.186).

“Ea pues, que yo voy a contarte (y presta tú atención al relato que me oigas) los únicos caminos de búsqueda que cabe concebir: el uno, el que es y no es posible que no sea, es ruta de Persuasión, pues acompaña a la Verdad; el otro, el de que no es y el de que es preciso que no sea, este te aseguro que es sendero totalmente inescrutable. Y es que no podrías conocer lo que no es -no es alcanzable- ni tomarlo en consideración”. (Parménides, 2019, p.187).

Posteriormente, en el fragmento numero 8 esta Diosa sin nombre refiere que “En este punto ceso el discurso y pensamientos fidedignos en torno a la verdad. Aprende desde ahora mortales opiniones, oyendo el orden engañoso de mis frases”. (Parménides, 2019, p.189).

Parménides, hará un contraste con las concepciones hechas por la mitología homérica, de Hesíodo, y las escuelas filosóficas de los jonios y Heráclito, principalmente, que cataloga como doxa, además de advertir entre líneas los desvíos para acceder a la noble verdad del ser al prestar atención a los dichos de estas nociones.

En este tenor hay que recordar el combate sostenido también por Lacan a partir de los años cincuenta en contra de toda la concepción psicoanalítica hecha por los neofreudianos.
La apuesta de Lacan con su retorno a Freud, que se inaugura en mil novecientos cincuenta y tres con el famoso discurso de Roma, redactado como “función y campo de la palabra y el lenguaje en el psicoanálisis”, propició una revolución teórica dentro del campo psicoanalítico a nivel mundial, pues, significó volver a tomar el camino de la experiencia freudiana autentica, desembarazando la praxis clínica de toda clase de psicologías del yo que habían surgido a raíz de la muerte del vienés a finales de la década de los años treinta del siglo veinte.

La experiencia de la escucha que hace evocar la palabra del sujeto sin tratar de estructurarlo en un discurso por parte del analista que impida hacer posible el advenimiento de su saber y que se identifique en otra imagen especular alienante.

“La verdad dijo: Yo hablo”. (Lacan, 2021, p.390):

Pero en un mundo donde constantemente se es bombardeado y constituido por múltiples discursos a diestra y siniestra las 24 horas del día, la verdad, o sea, la que porta el sujeto ¿habla? ¿Se hace escuchar?

“El arte del analista debe ser el de suspender las certidumbres del sujeto, hasta que se consuman sus últimos espejismos. Y es en el discurso donde debe escandirse su resolución”. (Lacan, 2021, p.244).

Atravesar los espejismos del narcisismo imaginario, la desubjetivación del ego enraizado en la concepción de inmutabilidad y perfección cuya residencia se encuentra en los instructivos sociales de escultura personal que perpetúan la puesta en escena de un amor propio que roza en la gula de devorarse a sí mismo, un amor hacia una gestalt que ignora que no hay individualidad que se perpetue en el tiempo como tal y que no dimensiona los movimientos del significante.

“Para liberar la palabra del sujeto, lo introducimos en el lenguaje de su deseo, es decir, en el lenguaje primero en el cual más allá de lo que nos dice de él, ya nos habla sin saberlo”. (Lacan, 2021, p.283):

Esta lectura entre el pensamiento del eleata y el francés, permiten no olvidar el auténtico trabajo del análisis, cuya tarea no es otra cosa que hacer escucha, que el sujeto se permita escuchar su mensaje o su malestar, ese inconsciente como discurso del Otro en el que el sujeto recibe su mensaje de forma invertida.

Hacer brotar ese mensaje oculto atravesando la vía de la opinión y aquellas concepciones imaginarias impuestas desde el exterior que lo han marcado e imposibilitado para tomarse un momento en el que pueda hacer eco en su verdadera palabra o, lo que Lacan denomina como palabra plena en contraste con la palabra vacía.

“Los símbolos envuelven en efecto la vida del hombre con una red tan total, que reúnen antes de que él venga al mundo a aquellos que van a engendrarlo “por el hueso y por la carne”, que aportan a su nacimiento con los dones de los astros, si con los dones de las hadas, el dibujo de su destino, que dan las palabras que lo harán fiel o renegado, la ley de los actos que lo seguirán incluso hasta donde no es todavía y más allá de su misma muerte, y que por ellos su fin encuentra su sentido en el juicio final en el que el verbo absuelve su ser o lo condena -salvo que se alcance la realización subjetiva del ser-para-la-muerte”. (Lacan, 2021, p.269).

Permitir la función de una reescritura dentro de un contexto que ha tatuado la carne, que posibilite la asunción de la singularidad del conatus o deseo, haciendo frente a la voracidad de un mundo que actualmente no deja de estar en un movimiento acelerado impidiendo la paciencia y la decencia de poder hacer escucha del otro en su singularidad, sin caer en la imposición de identificaciones imaginarias que están a la orden del día en este tiempo salvaje.
“Lo que enseñamos al sujeto a reconocer como su inconsciente es su historia; es decir que lo ayudamos a perfeccionar la historización actual de los hechos que determinaron ya en su existencia cierto número de “vuelcos” históricos”.
Por lo tanto, es menester que el discurso psicoanalítico mantenga su esencia y a la vez estar abierto a su relectura constante, posicionándose en un lugar diferente y alternativo a los demás dispositivos que han buscado adaptarse a las imposiciones discursivas de la época, lo cual termina abonando a la subjetivación de los sujetos en el paraíso imposible de lo imaginario.

REFERENCIAS

Bernabé, Alberto. (2019) Fragmentos presocráticos: de Tales a Demócrito. Alianza Editorial.
Lacan, Jacques. (2015) El seminario de Jacques Lacan. Libro 6: el deseo y su interpretación. Paidós Editorial.
Lacan, Jacques. (2021) Escritos 1. Siglo veintiuno editores.
Lipovetsky, Gilles. (2020) La era del vacío. Anagrama Editorial.
Onfray, Michel. (2020) Política del rebelde. Anagrama Editorial.

 

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